martes, 3 de noviembre de 2020

¿De donde viene el Coronavirus?

Existen muchos artículos, que apoyándose en fotografías, designan a la fauna silvestre como el punto de partida de las epidemias que hemos vivido en los últimos años, se les culpa de tener agentes patógenos mortales listos para contaminarlos, esto es falso, en realidad sus microbios viven en ellos sin hacerles ningún daño, el problema radica en lo siguiente: deforestación, urbanización, industrialización abrupta, a través de estas acciones, nosotros ofrecemos a esos microbios los medios de llegar hasta nuestro cuerpo y poder adaptarse.

La destrucción de hábitats amenaza con la extinción a muchas especies del planeta, tanto fauna como flora, muchas de estas fueron la base en la que se apoyo nuestra farmacopea. Los animales que logran sobrevivir, tienen que adaptarse a nosotros y se producen contactos cercanos con el hombre, permitiendo que los microbios pasen a nuestro cuerpo dejando de ser benigno para convertirse en agentes patógenos mortíferos.

Un ejemplo es el Ébola, un estudio realizado en 2017 demostró que la fuente localizada del virus fueron diversas especies de murciélagos, las cuales son frecuentes en zonas de África Central y Occidental, que recientemente sufrieron deforestaciones. Al talar, se invita a los murciélagos a colgarse en los arboles de nuestro jardín, ese murciélago babea alguna fruta y el humano la ingiere, o el humano trata de cazar y matar al murciélago y se generan contacto físico, no solo paso con el Ébola, también con enfermedades como el Nipah, Marburgo, etc.

Otro tanto ocurre con las enfermedades transmitidas por los mosquitos, sin los árboles, desaparecen la capa de hojas muertas y las raíces. El agua y los sedimentos chorrean más fácilmente sobre ese suelo despojado y en adelante bañado de sol, formando charcos favorables a la reproducción de los mosquitos portadores del paludismo. Según un estudio realizado en doce países, las especies de mosquitos que son vectores de agentes patógenos humanos son dos veces más numerosos en las zonas deforestadas que en los bosques que permanecieron intactos.

Aunque el fenómeno de mutación de los microbios animales en agentes patógenos humanos se acelera, no es nuevo. Su aparición data de la revolución neolítica, cuando el ser humano empezó a destruir los hábitats salvajes para extender las tierras cultivadas, y a domesticar a los animales para convertirlos en bestias de carga. A cambio, los animales nos ofrecieron algunos regalos envenenados: les debemos el sarampión y la tuberculosis a las vacas, la tos ferina a los cerdos, la gripe a los patos.

Felizmente, en la medida en que no somos víctimas pasivas de este proceso, también podemos hacer mucho para reducir los riesgos de emergencia de estos microbios. Podemos proteger los hábitats salvajes para hacer que los animales conserven sus microbios en vez de transmitírnoslos a nosotros, podemos apoyar los movimientos ambientalistas, crear nuevos hábitats para los animales que se quedaron sin los suyos, disminuir nuestra huella de carbono y de CO2.

Como lo declaró el epidemiólogo Larry Brilliant, “las emergencias de virus son inevitables, las epidemias no”. Sin embargo, solo seremos perdonados por estas últimas si ponemos tanta determinación en cambiar de política como la que pusimos en destruir la naturaleza y la vida animal.

 

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